Por Gabriela Montiel
Managua, mañana de sirenas, Lunes/Martes/Miércoles, ha
sido lo mismo todas las mañanas, paradas llenas, grupos de universitarios/as,
trabajadores, madres con sus hijos; en fin pareciera que el día inicia con su
ya típico y naturalizado caos, saturación y tiempo detenido.
La espera, estado subjetivo que se vive en cada cuerpo
partiendo de la percepción de la temporalidad, espacio y expectativas; es decir
de las subjetividades que cada persona carga desde que se levanta de la cama, acompaña
a la cantidad de personas que planifican poder tomar una ruta con tiempo, para
llegar a su destino.
Sin embargo, algo no fluye en el tráfico de las rutas,
algo no funciona. Rutas llenas, conductores y cobradores que gritan que hay
espacio, que avances, que no te quedes en medio cuando el medio, ese espacio mítico
en el imaginario de los buseros no existe, es una invención que justifica la presión
psíquica que ejercen las voces masculinas con poder circunstancial que
busero/cobrador ejercitan sobre las corporalidades/mentes de los/as que abordan
una ruta.
Uno de los focos mas problemáticos hoy por hoy desde hace
un mes es la parada de la UCA, congestión, desesperación y angustia se puede
percibir en las caras de aquellos y aquellas que esperan sin esperanza, al ver
pasar cuatro 168 seguidas sin posibilidad de subirse, pues solo 5 logran
ubicarse en el camino que va de la puerta de la ruta a la silla del conductor,
con la puerta medio abierta y bajo amenaza del busero de “Voy a cerrar, avancen”
mientras los cuerpos apretujados luchan por no ser aplastados por la amenaza
latente, real.
Para la mayoría de personas que están esperando ruta en
la parada de la UCA entre 7:00 am y 8:00 am hay dos destinos posibles;
universidades y trabajo, generalmente esperan por 3 rutas 117, 111 y 168 que se
han convertido en las rutas más disputadas, las rutas del abuso cotidiano.
Hay menos unidades laborando, es una realidad, hay menos responsabilidad
de los buseros por cuidar a quienes utilizan el servicio, es una problemática real;
hay más posibilidad de abuso en condiciones de escasez o de mala distribución,
esta es la condicionante.
Cuando los grupos de estudiantes observan que se acerca
una de estas tres rutas corren en grupos o de manera individual, los que van
solos suelen ser los más golpeados al momento en que se desarrolla La Lucha.
A un lado la lucha de clases de Marx, la lucha que en la
puerta de entrada de las rutas se manifiesta es un momento/espacio de confrontación
desde lo físico y desde la agresión inconsciente de un grupo de personas que
anhela o buscar satisfacer una necesidad, alcanzar un objetivo para lograr un
fin; que es llegar a tiempo a un lugar determinado, entiéndase trabajo,
universidad, otro.
Los empujones, pisoteadas, aventajar al otro/a
anteponiendo el cuerpo, la condición física, el tamaño, la estatura, el género,
la edad para lograr llegar a un lugar donde la incomodidad y el ambiente de
lucha continua. Espacios comprimidos, espacio de temor a ser manoseadas desde
la condición del cuerpo femenino, espacio potencial de ser robados/as y sobre
todo un espacio en el cual desde la entrada se es abusado/a, agredido/a.
Se pagan 2.50 para recibir empujones, para luchar dentro
del bus, para escuchar los gritos e imposiciones del busero y del cobrador,
para quedar sordos/as con la música alta que estos llevan, para entrar en una
esfera en la cual el que más empuja sobrevive, donde la empatía, la solidaridad
y el reconocimiento del otro no son los ni por cerca los principios que rigen
la vivencia de un espacio que en otros términos está lleno de competitividad
desde el cuerpo y desde la agresión.
Salís de la ruta con sentimientos de enojo, frustración,
rabia, sobre todo cuando el busero se asigna el derecho de cerrar con broche de
oro la jornadas morboseando a las chavalas que van bajando de la ruta, sin
disimulo y con la complicidad muchas veces del cobrador, en fin una experiencia
cotidiana de abuso que permea los cuerpos.
Y como si no se tuviera suficiente el abuso continua
desde la entrada de las universidades, muchas veces los CPF también son
acosadores aprovechándose del uniforme que portan que desde el simbolismo y los
imaginarios denota un poder, una autoridad que perfectamente puede ser
desmontada y los/as docentes en sus aulas de clases lejanos voluntariamente o no
a estas realidades que los/as estudiantes vivencian solo exigen que se esté
puntual a las 8:00 am.
Artículo publicado en el Nuevo diario
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/245399-esos-abusos-cotidianos-que-permean-cuerpos
Artículo publicado en el Nuevo diario
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/245399-esos-abusos-cotidianos-que-permean-cuerpos
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