Por
Gabriela Montiel
Durante mi infancia el descubrimiento de mi cuerpo, de
mis olores, de mis sabores tuvo que ocurrir a escondidas, debajo de las sábanas
de mi cama, por la noche y cuando ya se había apagado la luz. Debía de hacerlo con mucho sigilo en medio de la
vigilancia de los padres, los grandes inspectores.
Durante mi adolescencia no quise saber mucho de mi cuerpo
más allá de los estúpido que me resultaba la regla, lo confuso que era tener
menos permiso para salir solo porque ya reglaba, y el temor eterno a eso que
denominaban "en lo que los hombres siempre están pensando" lo cual
estaba presente en los discursos de madre y abuela y en la prohibición
silenciosa pero presente de la figura paterna.
Mis primeros encuentros con otros cuerpos fueron no
planificados, sin pensar y con la única intención de ver que sentía. Los
primeros besos, las manoseadas tanto de mi parte como de las otras manos, la
primera vez que agarré un pene entre mis manos. Había mucho por dar y recibir,
no importaba nada más, no quería saber nada más.
En medio de toda esa mezcla de eventos el desapego con
las figuras de los padres, de los inspectores, fue entrando en conflicto; a tal
punto de romper ese hilo que hace que los hijos/as piensen en ellos antes de
hacer las cosas. Sentí la libertad, y con
ella el asumirme como persona que se gestiona a sí misma.
Para este punto, aunque vivía desde el cuerpo femenino
con el que había nacido, con el que nací, entendido por tener vagina, clítoris,
senos, curvas y manejar el pelo largo y usar cierto tipo de vestimenta; me
resultaba molesto vivir desde este cuerpo.
Aprendí de otras historias de vida, como el portar este
cuerpo trae consigo un sinnúmero de eventualidades molestas y poco placenteras.
El miedo a ser violada cada vez que se sale de la casa, el miedo transferido
desde los imaginarios de amor por parte de las mujeres de la familia,
especialmente madres, abuela y tías. Ese miedo a ser abandonadas apenas te "descueren". El miedo a ser engañadas, pues según estos supuestos los hombres
nunca están satisfechos con una mujer, siempre andan buscando. Estas y otras
que seguro todas y todos manejamos pues compartimos referentes de crianza en
común, forman parte de las maneras de imaginarse y significar el cuerpo en conjunto
con el amor y el placer.
Me di cuenta que las mujeres amaban y sufrían y eso lo
veían como normal, como parte de la vida, como parte del ser mujer. Aprendí que
las mujeres lloraban mucho, en silencio y a escondidas, porque aunque les dolía
hondo lo que vivían no podían mostrar hacia afuera que la pasaban mal, porque
hay una imagen que cuidar, sobre todo ante las otras mujeres con las cuales se
construyen relaciones de competitividad, de envidia y de comparación. Una de
las eternas fuentes de enojo, desconfianza, frustración y amargura de la
mayoría de las mujeres.
Aprendí que más allá de la deformación y distorsión
físicamente visible de las mujeres cuando amaban, tanto a las parejas como a
los hijos y familiares; la deformación emocional y psíquica de la mujer era
brutal. Los cuerpos de las mujeres portaban huellas de las cargas asumidas a
partir de la corporalidad con la que habían nacido. Me di cuenta al verme
frente al espejo que mi cuerpo femenino resultaba ser en diversas dimensiones
base y excusa para una vida de tristeza, de dolor y de desgaste en todos los
sentidos.
No me gustó lo que vi, no me interesaba pasar mi vida
como mujer al menos a cómo veía que lo hacían la mayoría de las mujeres que fui
conociendo a lo largo de mi vida. No me gustó ser mujer.
Decidí entonces romper con todo eso, o al menos tratar de
hacerlo, ir desmontando ese destino poco a poco, viviendo desde la libertad y
no desde el temor o la tristeza, no quería convertirme en aquel futuro que
había observado y que parecía inminente. Me prometí ir reencontrándome pero
desde otros caminos, desde otras ideas y desde otras maneras de verme y de
vivir mi cuerpo.
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