sábado 16 de julio de 2011

Estados, Discursos y Contradicciones I


Por: Gabriela Montiel

En el momento histórico posterior a la Independencia de la Corona Española se llevo a cabo la construcción de lo que hoy se conoce a nivel político, educativo e internacional como nación y república. Se desarrollaron una serie de elementos como parte del modelo idealista de lo que significaba y contenía esa llamada independencia; tanto en la mente de los intelectuales como en los discursos de la época, lo cual entraba en contradicción con las realidades de la región y con sus necesidades.

Tres de los principales elementos dentro de esta construcción como son: el concepto de estado-nación, el discurso que sustentaba el modelo de funcionamiento y el modelo de gobierno e ideología. Estos elementos son vitales mencionarlos debido a que definen las forma y las tendencias sobre y desde los cuales las realidades de los países de América Latina, desde México a Chile, se han venido construyendo en base al pensamiento y tendencias de la época post-independentista, que se validaron como verdad y como esencia de la tierra de cada nuevo país.

La idea o el proceso de independencia para estos países más que un proceso real de diferenciación y autonomía entre la Corona Española y la nombrada en ese entonces “Nueva España” (por la idea del nuevo mundo y de una continuación del territorio español en base a las conquistas y procesos de colonización); fue en realidad un intento por dar continuidad a la colonia bajo el rótulo de país o nación soberana e independiente que se pretendía afirmar.

En lugar de aportar a la construcción de identidades fieles a las realidades de cada país, buscaba una construcción de identidad nacional en base modelos externos y sobre todo tomando como ejemplo el modelo español, o el en ese entonces naciente y admirado modelo estadounidense republicano. La tendencia sobre el tipo de gobernabilidad y funcionamiento que se necesitaba o que urgía en Hispanoamérica consistía en un tipo de gobierno central, que ordenara el territorio, que lo civilizara y que lo llevara al progreso mediante claves ya practicadas en otros países modelos. Se basaba en un discurso de autonomía pero al margen de un plan y sistema de desarrollo ajeno.

Esta es la primera idea que se construye en los discursos y en la mente de los intelectuales de la época, el conocido Simón Bolívar por su parte manifestaba la necesidad de un modelo centralista para poder entonces llevar a cabo todos los procesos de cambio y de orden que Hispanoamérica necesitaba, para lo que, según él, no se podía perder el tiempo en resolver temas como las disensiones internas como nación, entre países, o en los derechos individuales o ciudadanos.

Luego había un debate sobre que modelo de gobierno era el que mejor convenía a Hispanoamérica, el modelo monárquico, de la corona española, o el modelo republicano, observado como exitoso y admirable que se practicaba en los Estados Unidos de América.

Este debate y estas tendencias promovieron la producción de varios documentos por parte de los intelectuales de la época, José María Heredia, Andrés Bello, el mismo libertador Simón Bolívar; personajes que abonaron desde sus espacios personales y políticos de escritura y desde los puestos de influencia que lograron alcanzar, en todo el proceso post- independentista.

La tendencia por el modelo monárquico, por ese deseo de seguir el ejemplo y llegar a ser lo que la España Colonizadora era y había alcanzado en su proceso de enriquecimiento y expansión, en realidad no dejó de estar presente en los discursos , el pensamiento y las voluntades políticas de una época en la que más que dar seguimiento de la llamada independencia lo que se hizo fue construir proyectos de naciones y de gobierno con tendencias republicanas de una anhelada autonomía que no llegó a concretarse puesto que desde la concepción de tal modelo no se partía de las realidades de los llamados Nuevos países, sino de los modelos europeos y del naciente y fortalecido modelo estadounidense.

Este aspecto del modelo estadounidense como la cuna de la democracia, como el modelo que sin haber necesitado hacer uso de un sistema monárquico, había logrado establecer un orden y una ciudadanía fiel a los principios de la democracia, del progreso y del bienestar, palabras que aún hoy juegan a ser reales en Latinoamérica,¸ fue absorbido a través de los ojos y escritos de los intelectuales latinoamericanos que en diversos momentos vivieron etapas de exilio de sus países (Venezuela, Cuba) para los cuales el pisar suelo estadounidense fue contactar con ese ideal de libertad, orden y democracia que anhelaban desde sus discursos y que admiraban por ser real en un territorio que se encontraba al norte del mismo continente al que ellos pertenecían.

Por extraño que parezca la admiración de este modelo estadounidense aunque negado por los antiimperialistas que abusan de la figura de Simón bolívar, fue apoyado y admirado por el mismo Libertador quien en diversas cartas y escritos compartía la emoción de saber y conocer de la práctica republicana que en Estados Unidos. Claro esta que esta imagen idealista de la republica norteamericana existía a la par de las desigualdades y de la extensión de un modelo agrícola que degradaba el medio natural; pero a los ojos de los latinoamericanos; parecía perfecto. De ahí el ideal del “Sueño americano”.

Simón Bolívar por su parte fue uno que durante su largo período como líder de este proceso de búsqueda de la autonomía, en uno de los momentos cúspides de su carrera política saboreó la idea y la propuesta de que para que cualquier cambio o proceso de transformación funcionara en Hispanoamérica se debía utilizar el modelo de gobierno eternizado, en otras palabras, se necesitaba que un gobernador pasara a ser un emperador, pasara 30, 40, 50 años; según Bolívar para lograr que algo de este intento de autonomía se llevara a cabo.

Al cabo de varias décadas de intentos fallados de convertirse en lo que algunos denominaron en la época, dictador; criticando las intenciones del conocido Libertador; Bolívar renuncia a su cargo y decide entonces pasar a llevar una vida normal, sin los ritmos y confrontaciones que una vida política contiene, reflexionando de una manera pesimista en que Hispanoamérica no tenía esperanza, que no se podía cambiar nada, que solo esperaba no ver lo que el futuro deparaba para esta región.

Otros comentaban que en Hispanoamérica lo que sucedía era que se había dado lugar un proceso de transmisión de valores negativos y de vicios provenientes de la colonia, que se habían quedado inyectados en las venas de esta región del nuevo mundo, lo que hacía imposible cualquier intención de cambio.

Otros planteaban que los habitantes, intentos de ciudadanos en los proyectos de nación, no estaban listos para asumir con responsabilidad y conciencia lo que una ciudadanía libre y derechos individuales implicaban, debido a los siglos de colonia que experimentaron, los cuales según los autores de este planteamiento, habían dejado imposibilitados a los hispanoamericanos de poder aportar al proyecto de nación y de autonomía de la corona española.

Así como en el presente siempre hay alguien que jala agua para el molino extranjero, había quienes luego de la independencia aun seguían anhelando que Fernando VII se sentara tanto en el trono de España como en el “trono” de Hispanoamérica denominada como la Nueva España.

En este clima de contradicciones, de discursos poco conectados con las realidades de los nuevos países, de anhelos de mantenerse en el poder de los nuevos caudillos e intelectuales de la época post/independencia, de admiración de modelos poco adaptados a la realidad histórica de Latinoamérica y a voluntades individualistas tratando de hablar por el colectivo es de donde parte y nace la construcción, la idea, el discurso y la política de Nación, de País y de ciudadanía.


1 comentarios:

7 dijo...

Así se construyen los mitos nacionales. Por eso es tan importante tener otras miradas y promover lecturas de profundidad de nuestra historia

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