Por: Gabriela Montiel
Desde el nacimiento del ser humano, niño o niña; se ve
inmerso/a en una espiral y en un sistema de relaciones basadas en dos
principios que rigen las interacciones sociales en los grupos: el poder y la
autoridad.
Estos principios forman parte de las dinámicas que se
desarrollan en las sociedades, en las comunidades, en las familias, en las
relaciones de pareja, en las mismas identidades impuestas y asumidas; que se
aprenden como parte de la vida y se aceptan como normas y como realidades.
La manera simple de definir el poder es: aquella
influencia sobre el comportamiento de otros y otras que una persona ejerce, de
diversas formas. Estas formas pueden ser sutiles o agresivas, de manipulación,
de imposición o coacción.
El poder generalmente se practica de manera impositiva. Se
utiliza para ordenar, controlar y; se establece en las diversas relaciones
desiguales y excluyentes que se presentan y se han construido en los grupos
humanos desde hace ya mucho tiempo.
La autoridad es una figura social que proyecta una
situación y una posición que contiene derechos sobre otros, validez de la
palabra o de la decisión sobre otros, valía de la persona que la porta mas
importante que la de otros, y las estrategias utilizadas por el poder dentro
del imaginario social que ha configurado la idea y la practica de autoridad,
también se presentan.
Con estos dos principios el ser humano, el hombre, la
mujer, el niño o la niña aprenden a funcionar en una realidad que demanda la
desigualdad, que la exige como norma y que obliga a aceptarla como necesidad.
La autoridad desde la familia es necesaria para formar a los y las menores.
Esta autoridad según la idea de control social asegura la disciplina y la lealtad
a un sistema que pretende seguir funcionando bajo principios básicos, como el
poder y la autoridad.
La noción de autoridad en la familia, ya sea asignada a
un hombre o a una mujer asienta las bases para limitar y coartar las libertades
de otros y otras, que en la mayoría de casos son aquellos construidos y
entendidos como los que no tienen poder, que serian los menores, las niñas y
los niños, las mujeres, aunque el abuso de esta idea de autoridad como
necesaria se da tanto de hombres como de mujeres.
La autoridad en la familia y el respeto a la figura de
autoridad y que en muchos casos va acompañado o se mezcla con la construcción
del poder; han dado pauta a que en los sistemas familiares ocurran situaciones
como el abuso sexual infantil en el cual por ser el abuelo a quien no se debe
contradecir y se debe respetar siempre, no se le puede decir que no cuando
llega en la madrugada a levantar al niño de la cama para llevárselo al baño.
Esta misma autoridad sobrevalorada es la que da permiso a
una serie de agresiones y de abuso físico y emocional que niños, niñas, hombres
y mujeres experimentan a lo largo de sus vidas desde estructuras que validan la
autoridad como el principio regidor de las vidas de hombres y mujeres.
Figuras de autoridad y prácticas de poder desigual e impositivo
abundan en la realidad social, en las dimensiones de la vida humana. En una
ruta 111 camino a la UNAN/Managua que usan mayoritariamente universitarios al
menos a las 8 de la mañana; dos jóvenes mujeres iban conversando sobre algunos
problemas con los exámenes. Una mencionaba que la profesora no les había dado
los temas completos para presentarse en el examen y que por consiguiente la
mitad de la sección había reprobado. A esto la otra joven le pregunta si no le
reclamaron, y la joven afectada manifestó: “Para qué? Si la profesora es amiga
de la jefa del departamento, vos sabes, y no se hace nada hablando porque son
amigas y luego la pueden agarrar contra uno” a lo que la otra muchacha
respondió: “Tenes razón”
En el sistema educativo el uso y abuso de la autoridad y
del poder como elemento que acompaña el estatus, el cargo, o el puesto que se
ocupe dentro de las estructuras y la jerarquía de un colegio o de una
universidad, cala y margina la voz y las demandas de estudiantes, hombres y
mujeres, adolescentes, que se ven inmersos en un círculo vicioso de actitudes
autoritarias o poco éticas de docentes, luego deciden callar por miedo a
represalias, seguido se da un desinterés en la clase pues no es un espacio en
que se sienta participe o protagonista y luego un desinterés general por el
espacio educativo. Aclarando que este proceso es uno de los muchos que ocurren
y que dan lugar al desinterés hacia el proceso educativo por parte de los y las
estudiantes.
Se ensena a temer a la persona que socialmente porta o es
investido/a con las capas de poder y
autoridad, y es a partir de ese temor y del silencio que lo acompaña que se
reafirma y se fortalece esa posición de superioridad y esa relación desigual
entre figuras de autoridad/poder y los y las que simplemente se adaptan a las
voluntades de estas figuras.
Sucede con los padres, con las madres y sus
prohibiciones, con los docentes y sus imposiciones, con la clase política y sus
juegos y burlas hacia la realidad de los y las personas, sucede desde lo religioso,
desde el sistema de salud, desde las relaciones sociales en sus más diversas
manifestaciones. El ser humano desde la infancia es formado para acatar órdenes
y para no hablar o demandar, sino callar, chillar en silencio y aguantarse, porque
así es y así debe ser, porque es la norma.
Al romper esta norma se entra en conflicto con todas las estructuras
que sostienen este sistema de temor y silencio como respuesta, se dan quiebres
con la familia, con la figura materna, la paterna. Las demandas en los sistemas
educativos tienden a crear ambientes hostiles hacia quienes demandan, tanto en
los colegios como en las universidades, puesto que son sistemas que cuentan con
métodos sutiles de presión que pueden pretender socavar la demanda estudiantil
o debilitar la voz de aquellos y aquellas que no están de acuerdo con el manejo
y el funcionamiento dentro de un proceso educativo que debe aportar y no
limitar al desarrollo de los y las estudiantes.
Decir No a este sistema de temor/silencio/aguante ante
una práctica y norma basada en la autoridad/poder que impone y que coacciona,
es un reto, es una lucha política, en cada dimensión de la persona, en cada
espacio, a lo largo del tiempo y de la vida, si se pretende cambiar algo se
debe empezar por aquellas cadenas simbólicas que atan desde el pensamiento,
desde lo aprendido, desde lo que se ha aceptado y asilado como lo normal, lo
que debe ser; cuando en realidad es lo que debe cambiar.

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