Por: Gabriela Montiel
Los espacios educativos son reflejos y representaciones de las dinámicas y realidades
que en lo cotidiano y en los diferentes contextos
se desarrollan, desde los procesos culturales, sociales y políticos.
Dentro de todo este entramado la educación entendida desde sus diferentes
practicas debe ser entendido como un campo que en principio da continuidad a un
sistema ideológico, que puede ser un
lugar en que se construya ideas y diálogos, y también un lugar que limite estos
dos.
La educación superior se supone, se encarga de la formación de los futuros
profesionales, los cuales deberían responder a las necesidades sociales de un
país, de una sociedad y que deberían aportar a los procesos que marquen pautas
y condiciones para esos cambios que permiten avances en todos los niveles.
El asunto es que la educación es un arma, para los y las que ostentan el
poder, ese valioso tesoro que muchos y muchas no quieren soltar una vez que lo
obtienen, por lo tanto la educación desde que existe como institución social,
pasa a ser un instrumento ideológico capaz de formar y configurar las
identidades a beneficio de los sistemas dominante de cada época, de una forma hegemónica
de pensar y una manera normada de actuar. Contrario a lo que la educación liberadora
de Freire y otras pedagogías de facilitación de procesos plantean.
En el caso de la educación superior, esos profesionales
son formados desde una ideología social, política y económica, muchas veces en
contradicción con las necesidades sociales de un país. Este supuesto de la educación superior como el
espacio de formación de esos nuevos agentes de aporte social es un tema
pendiente, una asignatura reprobada y un discurso hueco.
En muchas de las aulas de clases de las diferentes
universidades del país a diario se gestan hábitos, situaciones y se llevan a
cabo acciones que atentan contra procesos tan necesarios para la formación de
los y las estudiantes como actores/as sociales que aporten a los cambios de país como lo son: el dialogo, la discusión constructiva,
el pensamiento crítico sin temor, las iniciativas personales y colectivas, las
propuestas de cambio, los procesos de autonomía, estos son elementos que
constantemente dentro de los espacios educativos en las universidades son
sentenciados.
La inquietud que surge es por quienes, a través de qué
medios, estos procesos son amenazados y esto es fácil de responder. A lo largo
de cuatro años de ser estudiante universitaria he
visto como la critica hecha por los y las estudiantes, que son pocos pues hay
que ser honestos y realistas, es utilizada luego en contra de los estudiantes
que las emiten, ya sea desvalorizando los aporte o limitando las acciones que
estos y estas propongan.
Ejemplos hay infinidades, una estudiante redacta una
carta y demanda que un docente mejore su metodología, que maneje el tema que
imparte y que sea lógico y consistente en sus planteamientos, estas son
demandas básicas que cualquier docente debe cumplir pues de eso se trata la
labor de la docencia, sobre todo en los temas particulares de las carreras
ofertadas por las universidades, tanto públicas como privadas. ¿Cuáles son las
primeras acciones que la coordinadora del departamento de la carrera a la que
pertenece esa estudiante lleva a cabo?
Bueno, comentarlo con sus otros colegas, pero expresando
cosas como “Pues si ella quiere buenos profesores pues que se vaya a estudiar a
Harvard” lo cual ya nos demuestra la complicidad que hay entre los y las
docentes de los departamentos de las universidad a desestimar la critica
estudiantil. El docente cuestionado escucha las criticas pero no trasciende a
este acción.
Otro ejemplo, mientras una clase se desarrolla y se
analiza el tema de la dictadura argentina luego de haber visto una película, se
le plantea a la docente que sería necesario analizar la realidad actual de Nicaragua
y no solo analizar realidades de fuera, que
aunque es debatible hablar de dictadura si hay evidencias de violación de
derechos en nuestro país, y se mencionan 3 casos, el de los muchachos del
rescate detenidos en Estelí y violentados, el montaje hacia el grupo de Nicaragua 2.0 y el ex cachorro que
se zurció la boca a manera de huelga pues a pesar de que se emitió la orden de
libertad para el aun sigue en la cárcel.
Si el espacio educativo fuera y un lugar en principio de análisis
y no de fanatismo, de reflexión y no de verdades absolutas y de dialogo y no de
contraposiciones, se hubiera llevado a cabo una discusión muy positiva, pero la
docente lo que respondió, aquí sí, desde su ideología política fue que en el
lugar donde ella habitaba los sandinistas y liberales no se habían enfrentado así
que ella pensaba que no habían problemas de ese tipo en Nicaragua. A pesar de
contar con argumentos expuestos y casos específicos de lo que se pretendía analizar
desde el aporte de la estudiante, de lo que el argumento y el planteamiento de
la docente se sustentó, así como la participación de una estudiante que la secundó, fue que no había
caso hablar de miedo o de violación a la libertad de expresión si no estábamos en
una dictadura, como la que se vio en la película.
La estudiante que motivo el análisis solo agregó “Yo dije
que podríamos analizar indicios, no que estábamos en una dictadura” a lo que
una joven del salón de clases agregó “Es que ni indicios veo yo, aquí no
tenemos nada de eso”. Lo bueno de haber visto la película Garaje Olimpo fue que
se identificaron las limitaciones para realizar estos análisis desde los
docentes y desde los estudiantes en las aulas de clase.

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