Por:
Gabriela Montiel
La
tendencia de alargar dinámicas, discursos e imágenes, de reutilizar al exceso
un objeto cultural, una idea, es parte de lo que se podría denominar tendencia
a los culebrones culturales.
En el
lenguaje popular y relacionado con la dinámica mediática, los culebrones son
entendidos como aquellos programas televisivos, generalmente telenovelas,
encargados de alargar un drama del cual ya todos/as los/as televidentes conocen
el resultado, hay una víctima, un hombre o mujer deseado/a, que es conflicto
entre dos personajes secundarios, lo que
estirará la trama para probar las maldades y bondades de los personajes.
Esta
trama remasticada por los productores de dichas telenovelas refleja la vida
prefabricada y mal actuada de personajes que conectan con los/as que disfrutan,
se identifican y juegan a aprender valiosas lecciones a través de estos contenedores
de programaciones culturales.
Las
novelas no surgen de la mente autónoma de un guionista, contienen elementos vividos
por una sociedad y una cultura, los cuales son maquillados, planchados y semi actuados
por los actores y actrices contratados para devolverles como bocado regurgitado
e inflado; esas historias y realidades a lo que se convertirán en televidentes
y seguidores de la trama de las vidas sufridas de los personajes, historias que
vienen a conectar de manera subjetiva y concreta con los imaginarios de los/as espectadores/as.
El gusto
por los culebrones conecta con el hábito social de la fijación hacia tramas,
discursos y escenas culturales que por su repetición y lealtad a los guiones
heredados desde la historia no cambian
mucho, lo que si cambia son los actores, los momentos y las locaciones en las
cuales se desarrolla la puesta en escena.
Desde
la antropología política y los estudios culturales de las dinámicas que
conforman la denominada cultura política
se trabaja con las categorías dramas sociales y juegos políticos, desde las
cuales los culebrones entran como un tipo de escena sociopolítica en la cual
hay actores y espectadores.
Los
guiones de estas escenas políticas poseen tendencias fijas, el bueno/malo, los aliados
del protagonista, alrededor del cual se desarrollan una serie de tramas que
pueden contener alianzas, venganzas, chismes, estrategias de desprestigio y de
negociación, que se plasman en los parlamentos de los dramas políticos.
Estos guiones fieles a sus patrones obsesivos y
repetitivos, se complementan a su vez con el papel representado y asumido por
los espectadores. En el caso de los culebrones políticos, serían la ciudadanía,
los medios de comunicación televisados o escritos, las organizaciones políticas
siendo todos estos grupos espectadores periféricos a las grandes personalidades,
figuras e imágenes.
Dichos
espectadores tienen diferentes niveles de relación con la puesta en escena.
Algunos/as puede que sean distantes y tomen como fuente de entretenimiento, de ocio
o de curiosidad temporal lo que sucede en el escenario político cultural.
Otros
desde los diversos grados de subjetividad con los cuales un/a espectador/a se
puede relacionar con la trama, guión y actuación de una puesta en escena,
tenderá a tomar bandos, identificarse o idealizar a los personajes, todo esto
al punto de inclusive conectar la emocionalidad personal con la realidad,
eventos y momentos significativos o de quiebre entre los personajes a lo largo
de la puesta en escena.
Hay
unos/as que realmente vinculados con la trama asumen posturas de conexión
directa con la puesta en escena, la cual consideran una historia verídica, de
este modo el aliado (personaje idealizado) es quien importa dentro del
imaginario del espectador y el enemigo (personaje que se condena o se juzga) es
a quien se debe eliminar, y solo hay una forma de entender e interpretar la
trama, la que conecta las necesidades del espectador con lo ofrecido por el drama político.
Los
mensajes enviados a los/as espectadores desde el escenario, desde los
parlamentos, los movimientos, los tiempos y las escenas pasa a entenderse como
una realidad política dentro de un espacio social y de interacciones simbólicas
que asientan su ejercicio en un performance maquinado, en el cual sin ensayo previo los personajes
asumen los papeles heredados por la historia y las tramas asignadas por una
cultura política validada.
Los
parlamentos poco cambian, aún cuando los tiempos, las fechas y los siglos si lo
hagan. Las programaciones culturales, guiones y escenas que conforman la
cultura política de cada comunidad o grupo y la relación actores/espectadores
pasan a ser una tradición bien mantenida desde la lógica del entretenimiento,
la vinculación emocional y la total credibilidad de su mensaje. Los
actores/actrices ríen después de cada función.
Artículo publicado en el Nuevo Diario
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/240398
Artículo publicado en el Nuevo Diario
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