Por: Gabriela Montiel
Las
mujeres que en el corto, mediano y largo plazo van a ser violadas tienen un
elemento básico en común, no saben ni se imaginan que serán violadas por
alguien, que en algunos casos no conocen, en otros que se podría sospechar y en
algunos de parte de sus propias parejas o familiares.
Estas
mujeres, que sin brindar cálculos exactos, un porcentaje importante y vidas
esenciales, experimentan dos estados de conciencia vinculados con la
posibilidad de ser violadas.
El
primero consiste en el hecho de tener el temor, presente en la cotidianidad, a
la salida del trabajo, en una calle oscura, al tomar un taxi, al bajarse de una
ruta, al salir de una fiesta, al tomar aire fresco de un karaoke, al pedir
raid; de que pueden llegar a ser violadas.
Este
temor constante dirige en este tipo de mujeres de alguna manera la brújula de
para estar atentas cuando caminan por la calle, para observar de manera
disimulada a algún tipo o grupo de hombres que vayan caminando detrás de ellas,
por una esquina, o que intuya la observan de lejos.
En
estos casos, para estas mujeres que conviven y tratan de funcionar con el miedo
a ser violadas las sospechas y el temor, la paranoia nocturna, urbana, al
extraño, a los grupos de hombres por las esquinas, en las paradas de buses, por
los parques, las canchas de baseball o de futbol, en fin por todos los posibles
lugares espacios o focos de la ciudad en los cuales podría estar posicionado y
observando como buen cazador el posible o futuro agresor/violador.
En
un segundo nivel de conciencia, están las que sin tener presente este temor de
manera concreta, ya sea cuando toman un taxi o caminan por una calle oscura, llevan
de manera inconsciente el temor impregnado en el cuerpo, en la psique, en el
imaginario. Porque aún cuando existan víctimas masculinas, las mujeres son las
que de manera más determinada han sido configuradas para temer lo que debido a
su cuerpo les pueda ocurrir, sus genitales y su fisionomía invitan a ser ultrajados, esto desde el imaginario
social que en cada cultura y sociedad con sus diversas variables y variantes
este presente.
El
cuerpo, materia y espacio desde el cual hombres y mujeres se relacionan con el
mundo, con lo social, con lo afectivo y con la cultura es un campo de
significados e imágenes que desde los procesos de configuración de identidades
y desde la programación social juega un papel fundamental en lo que resulta ser
la vida cotidiana y el sentir/se en las distintos escenarios y pasadizos de
interacción.
El
cuerpo como referencia, punto de partido y representación/presentación de lo
que se es, se cree ser y se aprende a ser, contiene y manifiesta en su interior
y exterior las vivencias, experiencias y discursos de quien lo porta, sea este
que posea una vagina, un pene, o este en transición ya sea psíquica o corporal.
El
asunto es que en el cuerpo/ campo se vivirán una serie de historias, memorias y
olvidos (que no se lea literal esta palabra) que contendrán de manera tal como
el ADN la genética humana y su herencia, la información y la esencia clave para
graficar la afectividad, los temores, las historias y las representaciones que
este avatar humano/corpóreo ha ido asumiendo como suyas y como parte de la
identidad, pues la identidad corpórea es una y muchas veces la psíquica,
genérica y social/cultural es otra. No responden a la lógica matemática sino a
la parte de la física cuántica de las posibilidades.
En
el cuerpo denominado femenino, esto desde la concepción e imaginario que
definiría lo femenino en contraposición con otro denominado masculino, que
vienen a ser ambos fronteras poco razonables pero usadas
desde la medicina, la política, lo social; ocurren una serie de dinámicas,
instaladas a partir de un sistema de significados relacionados entre sí que
asumen que esta corporalidad deba ser un campo plagado de dolor, incomodidad,
inseguridad, debilidad, enfermedad, descontrol, suciedad, pecado, represión y
condena.
Categorías
entrelazadas con otros sistemas de relaciones de significados que bien podrían
adentrar en las cosmovisiones y en las ideologías que cada sociedad y cultura
haya construido y desmonte para luego resignificar en el transcurso de los
procesos de instauración de creencias, de valores, de ideas, de pensamiento y
sobre todo desde los imaginarios.
Dichos
imaginarios guardan una estrecha relación con lo que se representa, con lo que
se teatraliza, con lo que se asume como el rol, el papel que toca trabajar en
esta semiprogramada realidad que a muchos y muchas les resulta natural, dictada
por un ser divino, parte de la evolución y por ende algo incuestionable o
meramente algo que debe ser así como es porque sí.
El
cuerpo asume estas representaciones y entre los códigos que se insertan en el
campo corpóreo de lo tachado como femenino junto con las categorías mencionadas
en 3 párrafos anteriores, el miedo es un motor permanente en la cotidianidad,
en la vivencia de la sexualidad, en la incursión de lo público que depende de
lo privado y viceversa, y en la posibilidad de desdoblamiento que sea posible o no en cada cuerpo portado
por cada persona que asume llamarse Carla, Lucía o Ximena.
Las
mujeres que serán violadas en los próximos meses, en todo el 2012, las que
serán asesinadas, algunas lo sospechan, otras no, algunas viven asumiendo ese temor,
otras lo manejan en su inconsciente, en las pesadillas, en el temor a su propio
cuerpo, a su sexo, a sus orgasmos.
Estas
mujeres contienen en su imaginario, en su cuerpo, en su emoción, en la vivencia
cotidiana los códigos configurados de un espacio/cuerpo/campo que ha sido
tachado de pecaminoso solo por ser, y por lo tanto de ser proclive a ser
invadido, castigado y violentado pues solo hecho de ser lo que es y ser como es
provoca que las agresiones, que los/las agresores/as apunten sus intenciones sádicas
y de posesión a esta materia andante a la que solo le queda asumir el miedo y
caminar con este cada día, hasta que se concrete o se evite, hasta que se
enfrente, se luche contra este y se pueda reinventar un cuerpo en el cual estos
códigos sean otros y los que ahora están impregnados en las células de este
cuerpo de Pamela, de Martha o de Inés solo sean un antecedente amargo que
dejara entonces aprendizajes valiosos para los otros cuerpos e identidades que
están creciendo y para los/as que viene también.

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