miércoles, 22 de febrero de 2012

La violencia como sistema simbólico/relacional que configura identidades



Gabriela Montiel

Si hiciéramos una lista o un análisis de aquellos elementos que nos constituyen como personas, como seres humanos, la violencia es una de las fundamentales. La violencia traspasa nuestras experiencias de vida en todos los niveles, corporal, psíquica, mental, emocional, social, religiosa y cultural. Nuestras corporalidades se moldean en base a la violencia y sus sistemas de significados que se despliegan por el amplio espacio de la cotidianidad, en nuestras relaciones íntimas o superficiales con otros y otras.

Hablar de violencia es al mismo tiempo hablar de recuerdos, recuerdos guardados, negados y olvidados, recuerdos fijos y recuerdos móviles, que construyen a la persona y la posicionan en un espacio/contexto y se manifiestan en la narrativa de un ser que significa y resignifica sus encuentros con el sistema de la violencia.

La violencia es un asunto individual y por ende un asunto colectivo/social, que deambula y se inserta en las vivencias que ocurren en todos los estadios del desarrollo humano, desde la niñez hasta la muerte, configurando el sentido, la valoración y la imagen que sobre la vida y la relación social se construye cada persona desde su nicho, desde su nido.

Los gritos, los castigos físicos en nombre de la obediencia, de la famosa frase es por tu bien y de una herencia eternizada de la manera de percibir a los/as niños/as se impregnan en el proceso de formación de la autoimagen y de absorción del mundo externo que por esto mismo se convierte en interno, propio de la consolidación de la personalidad e identidad humana.

Que un niño aprenda temer al movimiento que padre/madre realice de tomar una faja, un palo o una coyunda para amenazarlo es parte del condicionamiento y recepción de estímulos violentos que van definiendo la persona que ese niño/a va armando en la cotidianidad. Los insultos, las personalidades pasivo/agresivas de la madre que por no hacer escándalos obvios y por niveles bajos de tolerancia a la frustración y la presión social opta por pellizcar de manera disimulada al niño y luego en público preguntarle porque llora son patrones de violencia que calan en el imaginario de un ser humano que está absorbiendo las normas de funcionamiento sociocultural del grupo en el cual nace y se conforma.

En el imaginario humano, la violencia que tiene como una de sus manifestaciones el agredir físicamente pero que es mucho más amplia que este ejemplo, como la violencia simbólica de la que habla Bourdieu, ha sido utilizada y entendida como instrumento de poder, primeramente por grupos de dominación (padres, hombres, estado, iglesia, modelos económicos, política exterior, guerras) pero también han sido  “armas” que los/as dominados/as (mujeres, pobres, indígenas, niños/as) han usado pero desde la mentalidad e imaginario de la dominación, desde lo subterráneo de la realidad del dominado/a.

La violencia es una narrativa que a diario se puede observar y analizar, en los medios de comunicación, en la televisión, en la cultura política, en las relaciones de género, en las relaciones de pareja, en la relación de padres e hijos, en las relaciones sociales, en la cultura sexual, en la relación sexual misma, en lo interno e inconsciente de la misma persona, en los sueños; la violencia traspasa al ser humano de maneras consientes o no, directas o indirectas, asumidas u obviadas, es un constante ir y venir de flujos de violencia/agresión que desde la práctica constante y definitoria se instalan en los cuerpos y en las mentes y se vuelven naturales, se norman, se asumen como parte de la vivencia humana.

La violencia en el lenguaje no solamente es explícita, usando expresiones humillantes, de posesión, dominación y rechazo, sino que en el lenguaje sutil que desde la semiótica se puede desarmar partiendo de su naturaleza contextual, se reacomodan las manifestaciones de un imaginario marcado por la violencia desde las formas de excluir, de manipular (propias de los dominados), la discriminación solapada, la crítica que destruye sin ser evidente, las subestimaciones, la condescendencia, la coerción desde el amor, la protección, la solidaridad o la fe.

Surge entonces una necesidad, partir de las vivencias y del lenguaje como vías de análisis de esas manifestaciones culturales y de los patrones establecidos de la violencia como mecanismo identitario, como discurso de configuración, como instrumento de poder y de dominación.

Entender la violencia como sistema nos lleva a identificar que lo compone, que lo define como tal, sus partes, sus significados, sus discursos y sus comportamientos y patrones propios de un conjunto de elementos simbólicos, que se construyen a partir de devenir de cada espacio social, de cada cultura.

La violencia es parte integral de nuestras identidades, toca reconocerla, darle su lugar para entonces poder transformar y deconstruir ese sistema que portamos en nuestras corporalidad y psiques, desde las vivencias sociales y culturales a las que pertenecemos. 


Artículo publicado en el Nuevo Diario 
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/242931



miércoles, 15 de febrero de 2012

Entre criar un perro y criar un niño




Por Gabriela Montiel

Vanesa tiene un perrito  pequinés de menos de un año al que pasea todos los días por la colonia en la que reside. Se sienta con él en las bancas que están por el campo de beisbol del lugar, le sonríe, le habla como se le suele hablar a los bebés, hasta la voz le cambia, lo chinea, lo mece y lo cuida del viento y de los otros perros más grandes los cuales pueden golpear o agredir a su pequeño perrito. Es más, hasta lo cuida de los humanos, no vaya a ser que no se fijen por donde caminan y lo pateen o golpeen sin intención, o con ella. Vanesa toma todas las precauciones posibles para proteger a su mascota.

Cuando no lo está cuidando, lo controla. Le grita diciendo “Venite para acá Junior te digo, haceme caso jodido, que te vengas, si no me haces caso vas a ver…pasame ese palo, que te vengas”, en fin es otra de sus manifestaciones de amor y de protección hacia su querida y amada mascota.

Lo interesante de este cuadro, es que no hay mucha diferencia con la relación que guardan las mujeres de todas las edades, entre esta forma de vinculación que consiste en protección/control de las mascotas animales y en la relación que se establece entre las mujeres y los niños, pequeños, sean estos hijos, hermanos, sobrinos.

En la misma colonia del inicio de este artículo, en una casa que está encerrada por verjas blancas se puede apreciar a dos niños de entre 3 y 5 años jugar desde el fondo, moverse de un lado para otro, y hablar desde detrás de las verjas, casi no se ven, por las verjas que solo cuentan con hoyitos pequeños, pero se les escucha, llorar, gritar y jugar. Encerrados.

Cerca de esa casa a un perrito pequeño lo tuvieron amarrado a un árbol de la calle por dos semanas, retorciéndose y aullando, amarrado sin poder estirarse bien ni relajar los músculos. Situación parecida a la de los pequeños encerrados, previamente mencionados.

No solo en la dimensión del control se asemeja la relación de los humanos con los niños y las mascotas animales. El tema de la protección y del performance que esta vinculación emocional implica alcanza niveles creativos de manifestación.

A las niñas de dos años ya se les hace andar de taconcitos, aunque renqueen y caminen más lentamente, a los perritos se les ha domesticado para andar el pelo de cierta forma, se les lleva al salón de belleza para perros, se les chinea en vez de dejarlos correr lo que limita su desarrollo y bloquea sus instintos básicos de movimiento, lo inhabilita, les quita capacidades y los transforma en lo que para el imaginario humano viene a ser como el ideal de mascota fetiche, bonito, arreglado, limpio y los más humanoide posible, alejándolo de su naturaleza canina y llevándolo a niveles de personificación cercana de un niño humano.

A los niños  y a las niñas también se les coarta su desarrollo en aras de esa tan defendida protección y cuidado, de hecho muchos adultos, hombres y mujeres, usan ahora esas mochilas estilo correa por medio de las cuales controlan la distancia permitida que los pequeños/as pueden avanzar y si se pasan un poco de este límite pues a jalar la correa infantil. O simplemente pasan tras las verjas de la vivienda, observando de lejos la calle y a los otros niños/as que pasean por ella.

Las libertades de movimiento, el control, la protección, el mismo fetichismo relacionado a lo que se impone como vestimenta, como accesorios de uso y de disfraz para niños, niñas, posee alta similitud con las exigencias que se construyen en base a las mascotas animales.
La comunicación verbal y corporal, las señas y los sonidos son muy parecidos, las amenazas, las recompensas, los juegos incluso, las maneras de deshacerse de los pequeños es muy parecida a la manera de hacer a un lado al perro cuando esta estorbando. Aunque algo significativo para analizar es el caso de cuando los perros, las mascotas son mejor cuidadas que los niños y niñas de la casa, pasan estos últimos a ser entonces a ser parte de un nivel de atención y cuidado secundario y en un primer lugar se ubica la persona de la mascota animal, que mas allá de humanoide pasa a ser parte de la familia, tiene un nombre, una comida, un lugar de dormir, una relación íntima con los dueños, hombres y mujeres y una vinculación de dependencia y no de autonomía con ellos y ellas.

Puede que este elemento de la dependencia sea el que conlleva a valorar y atender más a un perro que aun niño/a humano/a, debido a que el niño humano habrá que pegarle para que haga caso, esto según el imaginario familiar/social/cultural de los adultos, mientras que el perro se domestica, a veces hasta se oyen expresiones como “parece gente porque entiende, porque hace caso” en referencia a la conducta obediente y dependiente de las mascotas animales, en este caso de los perros.

Puede que la mascota humana, los niños y niñas, por tener como característica de desarrollo de la personalidad, la curiosidad, el lenguaje hablado, las rabietas y el enfrentarse con la autoridad represora, sea un objeto/fetiche poco atractivo o menos atrayente para el imaginario humano en cuanto a sus necesidades de dominar, controlar, poseer y sobre todo manipular/instrumentalizar las identidades, tiempos y vida de aquellos seres que se les ubica como protohumanos o humanos en etapa inicial, en la cual están incluidos los perros.


Artículo publicado en el Nuevo Diario
http://www.elnuevodiario.com.ni/opinion/242115

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